Pontejos



Si hace unas semanas dedicábamos nuestra entrada del viernes a un comercio de toda la vida que ha sabido adaptarse al paso del tiempo mediante la especialización como es Manuel Riesgo, hoy dedicamos la entrada a otros de esos comercios centenarios que conserva el mismo modelo
desde hace años gracias también a la especialización en su producto y a la cada vez menor competencia en su sector, lo que le ha convertido en tienda destino: Pontejos. Para aquellos que no sean de Madrid les aclaramos que se trata de un gran almacén de mercería especializada situado en el centro de Madrid a pocos pasos de la Puerta del Sol, en la Plaza de Pontejos, y cuyo nombre original era Almacén Sucesores de Antonio Ubillo. Siendo este el mas antiguo y conocido, a su alrededor conviven otros especializados en un producto similar.


La verdad es que mas que hablaros de él, la mejor forma que hemos encontrado de describirlo es un articulo de una Revista llamada “Fronterad” del que os ofrecemos un resumen debido a su extensión pero que recomendamos leer integro en este enlace. Es un texto entrañable que parece sacado de otra época y que nos ha recordado la novela de Zola “El Paraíso de las Damas” de la que también os hablamos en este blog.

Son las nueve y cuarto de la mañana. Dentro de quince minutos la tienda abrirá sus puertas al público y la cola de gente que ya espera impaciente y dobla la esquina desde la entrada principal, en la plaza de Pontejos que da nombre al local, llega a la calle del Correo. Al igual que la plaza, el almacén va cobrando vida.


Máximo Rueda es siempre el primero en llegar. Nieto del fundador, y uno de los actuales dueños de Pontejos. Desde que tiene memoria, su vida ha sido, y tal vez siempre será, este almacén de familia, atiborrado casi de tantos recuerdos como mercancías. El primero en llegar será el último en irse. Hay tareas que le conciernen a él y solamente a él. Cuestión de conciencia. Cada uno tiene un papel perfectamente asignado. Se puede decir que la tienda es un mecanismo aparentemente caótico, pero de insólita precisión que atesora pautas y ritmos centenarios.


Mientras Máximo se mueve como pez en el agua entre papeles y llamadas telefónicas, en la planta baja, el corazón del almacén va animándose, empieza a bombear sangre en todas direcciones. Los jefes de sección han ido llegando uno tras otro, seguidos de sus subalternos. El equipo se prepara para una jornada más. Todo tiene que estar listo antes de que las compuertas se descorran y una marea de clientes inunde el local. Como una presa dispuesta a soltar agua. Cada mañana hay que volver a surtir los mostradores, rellenándolos de la mercancía que se ha vendido la víspera. Se termina así una operación rutinaria que ya comenzó la noche anterior, después del cierre. Los empleados echan una mano a los jefes, cogiendo repuestos de las cajas amarillas, hechas a mano, y que llevan encima una muestra de lo que contienen.


Desde que ingresa en Pontejos, cada nuevo dependiente para por diferentes puestos: desde el mostrador al almacén o la oficina, hasta que se encuentra la ocupación idónea a sus aspiraciones, cualidades y talento. “Se trata, sin duda, de un trabajo muy duro. Hoy en día es muy difícil encontrar a gente que quiera hacer un horario de comercio como este”.

Cinco días a la semana, de lunes a viernes, por la mañana de 9.30 a 13.30 y por la tarde de 16.30 a 20.00, más el sábado por la mañana, de 9.30 a 14.00. Son horarios que no soporta de buena gana alguien al que no le guste trabajar y este trabajo en particular.


Que tenga ganas de aprender y que sea listo. Eso es lo que primero busca la encargada de Pontejos en cada aspirante a integrarse en su equipo. Cualquiera que posea estas cualidades puede hacer carrera y convertirse, por ejemplo, en jefe de sección. “La tienda está dividida en secciones, y cada sección tiene un jefe y tres o cuatro ayudantes. Cada mañana el jefe se encarga de organizar su sección. No puede ser jefe si no está dispuesto a trabajar mañana y tarde y entrar antes que los demás”. Hoy en día, en la gestión del personal, “hay que tener la mano más dura. No es como antes que bastaba con pedir un día libre para obtenerlo, hoy hay que justificarlo”. Todo se basa en una relación de confianza mutua, que hay que ganarse.


Cuando la puerta del almacén se abre al público, el silencio que reinaba en la tienda, apenas roto por las voces de los empleados, se convierte en el ruido de fondo, e impera la voz multiforme de la clientela que abarrota cada espacio libre de la planta baja de Pontejos. El gentío se reparte, se va desplazando hacia el lugar donde pretende encontrar lo que necesita. En su más o menos larga espera, ya ha podido ver en los escaparates buena parte de los tesoros que están dentro. La lista de productos se repite en las altas paredes del almacén, con todos los productos que despacha el mostrador correspondiente. Una selección de puntillas, pasamanerías, lanas, fornituras, tapicerías, botones, macramé y manualidades de la mayoría de los principales fabricantes y marcas del sector.


Aunque muchos clientes de Pontejos vienen de Madrid y del resto de España, su fama ha traspasado fronteras. “Tenemos clientes que vienen de todos los rincones del mundo”, cuenta María Rueda. Mientras que de México vienen a Pontejos en busca de unas lentejuelas bañadas en oro para los trajes de luces de los toreros, de Irlanda viene periódicamente un modisto para comprar los galones dorados para los uniformes de los oficiales.

En realidad, las personas que vienen a Pontejos buscan mucho más que un artículo, por especial y barato que pueda ser. Buscan el consejo, el asesoramiento que una cara amable, casi amiga, puede proporcionarles. Una cara que a menudo pertenece a una persona que lleva treinta o cuarenta años trabajando en el almacén y ha visto pasar ante su mostrador a miles de personas distintas.


Antonio Ubillos, el fundador, era un joven guipuzcoano que llegó a Madrid para trabajar como aprendiz en la mercería de su tío. Fundado en 1860 por el madrileño Ángel Caso, el local se hallaba justo en frente donde años después, en 1911, Ubillos abriría su propia mercería. Su establecimiento, que ya en la fachada se anunciaba como de “Novedades, Bordados y Encajes”, fue a ocupar la planta baja de la que todavía en la actualidad es conocida como Casa del Cordero. Un bloque de seis viviendas que se hallan en la manzana entre la Puerta del Sol, las calles Mayor, Esparteros y Correo y la plaza de Pontejos, formando un conjunto uniforme.

Durante la Guerra Civil, Ubillos perdió a su único hijo varón, y ya que en aquellos tiempos las mujeres no solían regentar negocios, decidió designar como sucesor a su yerno, Máximo Rueda. Fue él quien transformó la tienda en su totalidad y quien la convirtió en la que es hoy en día, poniéndole, además, en honor a su suegro, el nombre de Almacén Sucesores de Antonio Ubillos. En aquel entonces, el aspecto del establecimiento era bastante semejante al que hoy luce, hasta en los pequeños detalles. Ya existían, por ejemplo, las famosas ruedas de botones: Ruedas de madera hechas a mano, que contienen un muestrario casi infinito de artículos del mismo color y de distinto tamaño. A Máximo le sucedieron los ochos hijos del matrimonio, siete hombres y una mujer, aunque solo Máximo y su hermano Antonio trabajan en el almacén.


A lo largo de los casi cien años de historia que atesora, lo nuevo se ha adherido a lo viejo, la modernidad se ha mezclado con la tradición, sin por eso hacer que la segunda desapareciera. Es parte del encanto del local. En Pontejos, el avance imparable del tiempo ha añadido nuevas cosas, sin quitar las viejas. El cambio se ha visto sobre todo en la variedad de artículos. La evolución de la línea de los productos depende de la moda y de la demanda de los clientes. “Siempre que alguien nos ha pedido un artículo que no teníamos hemos intentado conseguirlo. Si durante la guerra las amas de casa compraban nuestros productos para tejer y confeccionarse sus vestidos –por eso la tienda se dedicaba a vender lana, agujas e hilo-, a partir de los años setenta se han rescatado las labores como trabajo de ocio y hobby. Sin embargo, con la crisis mucha gente ha vuelto a tejer a mano su propios vestidos”.


Los dueños de Pontejos hacen bandera del hecho de no dejar de vender ningún producto que esté en el mercado, y de poder contar a la mayor brevedad con las últimas novedades. Entre éstas destacan los polvos mágicos, que se utilizan para coger el dobladillo de los pantalones sin necesidad de dar una puntada. Para las cortinas se han inventado unas cintas termo-adhesivas que permiten ajustar el largo de la tela con la sola ayuda de la plancha. El precio de los artículos varía mucho, desde “los nueve céntimos por un botón, a los 600 euros por un tapiz de medio punto de petti pua”. Entre los clientes de Pontejos hay muchas tiendas pero trabajan sobre todo con el público: “No somos almacenistas para otros y no tenemos pago aplazado”.


En medio de la confusión general que reina en la tienda, los 22 encargados de los mostradores se mueven sin parar de un lado a otro del mostrador como si se tratara de un ballet imposible. En algunas ocasiones, cuando algo que el cliente demanda no se encuentra al alcance de la mano, el empleado desaparece bajando la pequeña escalera de hierro que lleva hasta el almacén correspondiente.

En el sótano, igual que en la primera planta, en una estrecha retícula de pasillos con una pequeña escalera y techos bajos, se almacenan las mercancías. Tiene algo de bodega de un barco. Aunque a primera vista parece difícil encontrar lo que se busca y muy fácil perderse, todo tiene una ubicación precisa, en una caja hecha a mano y a medida, que lleva una muestra y un número de referencia. Asimismo, todo está organizado de tal manera que, si se coge una cosa y no se vende ha de volver automáticamente al mismo sitio. Para ahorrar espacio –un bien escaso y precioso en Pontejos-, las cajas de cada producto están colocadas en armarios de hierro, semejantes a los viejos archivos donde se guardaban los periódicos.


Cuando, a la una y media de la tarde, Pontejos cierra las puerta al público, los empleados pueden por fin descansar durante un par de horas. Hay quien aprovecha para ir al gimnasio o a la piscina, quien se cita con un compañero para comer juntos y quien, como Antonio Rueda, el padre de María, vuelve a su casa en Argüelles. Ahí le espera su mujer, Dorita, gerente de una tienda que calca a la perfección, aunque a un tamaño mucho más reducido, la empresa de su familia: Pontejos Galaxia. A Dorita le gusta definirse como “una tendera de barrio”. La fundaron hace 28 años por consejo de su suegro: “Máximo, que era un hombre muy emprendedor, nos animó a que la abriésemos”. Hasta entonces, la mujer se había dedicado en cuerpo y alma a los cinco hijos del matrimonio, pero cuando se hicieron mayores decidió volcarse en este nueva aventura. “Al principio fue un lío. Tuvimos que comprar el local y darnos a conocer”. Ahora todo el barrio de Argüelles aprecia a Dorita y su pequeña tienda: “No tiene el enorme potencial económico del almacén de Antonio Ubillos, ni su prestigio, pero la gente me conoce y me quiere, y el trato es aún más humano. Aquí las personas se quedan un rato más a charlar”.

Aunque solo el Almacén Sucesores de Antonio Ubillos puede reivindicar para sí el título de “Pontejos”, entre las muchas mercerías que se encuentran en la plaza y en la calle homónima destaca el almacén de Cobián. Un edificio de tres plantas, muy moderno y donde solo trabajan chicas. Sandra Alonso, una de la recién llegadas a Pontejos, trabajó un año en Cobián: “Aquí es muy distinto. Allí cada empleada está en una sección cerrada, mientras que aquí tienes la posibilidad de desplazarte por toda la tienda”.


El almacén, que comenzó siendo un negocio de venta de puntillas suizas, a sus mercancías de toda la vida suma hoy “todo aquello que el público demanda”. Es justo por eso que Pontejos no tema ni a la competencia ni al paso del tiempo. Al fin y al cabo, si no lo encuentras en Pontejos es que no existe

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