Mirando atrás - Ortopedia Alonso



Hoy en nuestra serie mirando atrás, que como sabeis dedicamos a antiguos establecimientos ya desaparecidos, hemos querido traer uno de tantos negocios tradicionales en extincion que cerraron sus puertas un día sin que nadie lo echara de menos, Ortopedia Alonso, en el numero 98 de la madrileña calle de Fuencarral, y lo hemos hecho de la mano de las excelentes imágenes y el entrañable texto que las acompañaba y que editara en su día una compañera de la blogosfera. Srta. Puri (Acuda a Caja 7)




Buscando una muleta para resolver el esguince que se había producido mi madre, me acerqué por primera vez a esta ortopedia, en la madrileña calle de Fuencarral, número 98.



Cruzar su puerta fue atravesar el túnel del tiempo: Los muebles, los escasos objetos repartidos, teléfonos, diplomas, pies y piernas de cartón, la arquitectura, los escaparates vacíos, la decadencia resaltada por sus paredes de color verde quirófano, convertían la experiencia sensorial en un paseo por las esquinas olvidadas de la incómoda nostalgia. Esa que te remueve las entrañas y te obliga a recordar, o a imaginar, cómo fue un lugar en tiempos de éxito; mientras la realidad se da de bruces contra la ensoñación, que trata de vencer y abstraerte, a la vez que los objetos, y piezas que te rodean quieren regresarte al ahora, y pasado y presente te mecen y ahogan como una marea en un mar embravecido de memorias.



Quizá para evitar aquella incómoda sensación no volví a entrar, ni a mirarla de reojo, a pesar de que hace pocos años me trasladé a escasos metros del lugar. En el mes de julio descubrí un cartel con la palabra Se Vende, y el cierre de su puerta echado, y lamenté entonces no haber fotografiado aquel extraño lugar.

Pero una mañana de viernes la tienda volvió a abrir.



Entré y pedí al dueño que me dejase fotografiarlo todo, captar (con mi pequeña cámara e inexperiencia) aquel lugar. Me emplazó a las 4 de la tarde y tomé cerca de 200 fotografías (de las que muestro 14), mientras él me enseñaba diplomas firmados por Alfonso XIII, me hablaba de su bisabuelo, empleado a finales del siglo XIX que tomó las riendas del negocio de su jefe, de que hoy él suponía la última de cinco generaciones, de cómo nadie había querido continuar el negocio "mi hijo es médico pero no quiere esto, es normal", y de que hoy, once de julio de 2008, era la última tarde que abriría. Ciento doce años más tarde. Contó que salvo los diplomas y la máquina de escribir todo se tiraría, excepto algún teléfono antiguo, una vitrina o un mueble suelto que los bares de la zona habían acordado recoger al día siguiente.



Mientras hablaba, en una voz pausada, agotada, llena de silencios, pulía los remaches de una pierna sin dueño, en un taller iluminado por una bombilla de escasa potencia, en un cuarto polvoriento que acumulaba virutas de metal, botes vacíos, y una vieja señal de un seguro médico llamado La Metalúrgica.



Y Antonio Hidalgo García, así se llamaba, levantó su mirada, cansada, derrotada por el tiempo, miró al lugar, sin fijar su vista, y me dijo "Toma todas las fotos que quieras, no tengas prisa. Pero, por favor, no me las traigas. No me busques para mandármelas. No podré mirarlas.



Yo ya no quiero recordar."

2 comentarios:

  1. un placer estar aquí. el cartel de Seguros La Metalúrgica adorna la librería de mi casa, por cierto.
    Guarde´un tiempo las tarjetas de visita pero creo que finalmente las tiré.
    En fin, una pena.
    Un beso gordo!

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  2. Srta Puri, el placer ha sido nuestro, nuevamente gracias, conserva bien esas imagenes y esos recuerdos.
    Una lastima que se pierdan estos negocios, pero es ley de vida. Quiza se hubiera podido reconvertir deicandose a la venta de aparatos ortopedicos, materiaal de movilidad, etc. y no desaparecer del todo.

    Un saludo.

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