Mirando Atras - La Maquina para Vender 2


Continuamos con la segunda entrega sobre la maquina de vender, que para los que no leisteis la primera parte trata los llamados “arquitectos de tiendas” españoles de los años 50.

En ese momento no parece que hubiera arquitectos especialistas en locales comerciales. De la misma manera que hay algunos arquitectos que no realizan ninguno, también hay algunos que parecen tener cierto predilección por este tema, sin que esto añada ni reste méritos a su actividad profesional. Es
decir, en una época donde el arquitecto tenía -o pretendía tener- un papel mesiánico en la resolución de las grandes necesidades sociales de vivienda, dotaciones y planeamiento urbanístico, parece casi un divertimento, una frivolidad, la dedicación a menores menesteres. Así se explica mejor el entendimiento de estas operaciones arquitectónicas como ensayos o campo de pruebas.


La historiografía de nuestra arquitectura reciente ha distinguido, al hablar de los arquitectos de posguerra, entre dos generaciones. Si en el campo general de la arquitectura, esta distinción es evidente, en el campo de los locales comerciales esta distinción es más difícil de establecer en términos formales… En la década de los 50 se produce el solapamiento temporal entre ambas con el relevo generacional.

Entre los arquitectos de la primera generación destaca, por número de obras proyectadas, Alejandro de la Sota: la camisería Denis en Madrid de 1945 (en colaboración con Javier Lahuerta), dos tiendas para niños en 1952, también en Madrid, y oficinas y despachos de billetes para Aviaco en diversas ciudades entre 1952 y 1956, aparte de la mencionada Exposición de Ingenieros Agrónomos. Miguel Fisac diseña dos librerías en Madrid: una para el CSIC en 1950 y la librería Europa en 1952. Y debemos señalar también dos arquitectos con una única y singular obra pero muy significativa: Antonio de Moragas -tienda de calzados Minerva, 1943 - y Rafael Aburto -tienda Gastón y Daniela, 1952-.


De los arquitectos de la segunda generación hay que destacar a Rafael de La-Hoz, quien diseña siete locales en tierras cordobesas, desde la tienda Vogue de 1951 hasta la heladería Navarro de 1957. El trabajo en es una de las características que definen a esta generación:

Martorell y Bohigas, Barbero y de la Joya, Fargas y Tous, Correa y Milá (además del ya mencionado La-Hoz con García Paredes), también dejan muestras de su talento en el diseño de locales comerciales. Hay que destacar, por último, como referencia básica del comienzo de los años 60, las tiendas que Javier Carvajal diseña para Loewe. Además de estos arquitectos de marcada personalidad y entre los que se encuentran auténticos maestros de nuestra arquitectura, existen otros arquitectos que trabajan en el diseño de estos locales y que, aún siendo menos conocidos (o valorados), también colaboran en muchos casos en el proceso evolutivo y didáctico de la arquitectura: Alberto López Asiain, Antonio Lamela y Luis Martínez Feduchi son tal vez los más prolíficos.

El punto de partida es común al resto de las facetas de la disciplina arquitectónica: el academicismo ecléctico al que se ve reducido, al final de la década de los 40, el intento de arquitectura imperial por parte del Nuevo Régimen. Algunos arquitectos, los que conforman la primera generación, tratarán de mostrar el error de esos planteamientos, bien desde el manifiesto que supone su propia obra o bien incluso mediante la divulgación de escritos en las páginas de las revistas. Si en el campo general de la arquitectura esa batalla tuvo resultados positivos a corto plazo, en los locales comerciales el avance fue inicialmente -en la década de los 40- menos rotundo. Al ser más difícil manejar en este tipo de obras conceptos espaciales, estructurales y funcionales, los arquitectos se limitaron a decorar el espacio interior a lo isabelino, a lo inglés, a “conjugar un continente con las ventajas de lo actual con un contenido formado en su totalidad con piezas de anticuario”.


La forma sigue a una función entendida exclusivamente en términos de confort, reclamo, éxito comercial (transparencia en fachada y exhibición del género). Además, para dar mayor dignidad y realce a unos locales ya de por sí bastante prohibidos -deseo inalcanzable- para la mayoría de las pobres economías familiares de posguerra, se recurre sistemáticamente, como método seguro para proyectar, al empleo de materiales nobles y elementos sacados del clasicismo: granito, travertino, balaustres de metal fundido, espejos, molduras, faroles, pilastras, lámparas de araña y un sin fin de despropósitos más, manifestados incluso en una relamida manera de dibujar y grafiar los planos. Fernando Moreno Barberá realizará a finales de los 40 algunos locales que ponen de manifiesto esta manera de afrontar el tema. Incluso la ya mencionada camisería Denis, obra primeriza de Sota, parece vivir de este mismo espíritu, aunque la elegancia con que está resuelta hace ver que se trata de un problema de lenguaje que será fácilmente superado.

Y así, pronto aparece entre los propios arquitectos una sensación de hastío que provoca un llamamiento a la contención expresiva, a la moderación, a la sobriedad, para “demostrar que el abigarramiento de un local con elementos dispares proporcionan una suntuosidad falsa, y la misma, pero más tranquila, pudiera realizarse empleando formas sencillas, las cuales cobrasen valor simplemente con el empleo de materiales nobles, proporción de elementos y colorido”. Se seguirán empleando materiales nobles, pero de una manera más razonable, sin concesiones a fórmulas decorativas demasiado en uso y, al final de la década, se prescindirá incluso del color. Se empieza a hablar en términos de claridad, sencillez, unidad, limpieza y amplitud frente a confort, gracia, armonía, en las líneas, buen gusto, ambiente amable, ejecución esmerada y otros conceptos similares, convenientes y correctos, pero no fundamentales para la evolución arquitectónica. El proceso se agiliza, se acepta la incorporación de nuevos modos de hacer llegados de fuera de nuestras fronteras y tanto el arquitecto como el cliente ven ahora una oportunidad de ensayar nuevos materiales y técnicas. Se va al fondo de los problemas y el arquitecto asume la responsabilidad de resolverlos, aportando ideas.


Fruto de esta primera reacción frente al academicismo nacerá, en los primeros años cincuenta, la arquitectura orgánica como movimiento de restauración. Personajes como Sostres o Moragas –vinculados al Grupo R- y otros arquitectos, se involucrarán rápidamente en este empeño por humanizar la arquitectura, influenciados por Wright, Aalto, Zevi y los neo-empiristas suecos. Dentro de los locales comerciales, gracias a su carácter experimental, esta arquitectura orgánica dejará magníficas realizaciones, claves en el proceso evolutivo al que nos estamos refiriendo. La tienda de géneros de punto Canadá, obra de Joaquim Gili, es uno de los mejores ejemplos de este “funcionalismo humanizado”. En ella se combina la respuesta funcional, como la matización de los recorridos en el suelo siguiendo los criterios del Existenzminimum alemán, con toda una serie de formalizaciones empiristas ligadas a los materiales naturales.

A pesar de este empeño de renovación impulsado por Fisac y la arquitectura orgánica, muchos arquitectos no siguieron esas directrices basadas en una sencillez y una sobriedad de diseño capaces de cualificar el espacio por sí solas. En los primeros años 50 siguen haciéndose locales decó, más limpios formalmente, pero aún ligados a situaciones poco verosímiles aunque no malintencionadas. Esta coexistencia y superposición son lógicas dentro del proceso evolutivo. Existen también posiciones muy personales y autónomas, igualmente válidas, orientadas hacia campos expresionistas y escenográficos; en la tienda Gastón y Daniela, Aburto manifiesta una búsqueda personal, un apasionado mundo imaginario, abstracto y libre de convencionalismos, pero tremendamente plástico, atractivo y sorprendente…


A partir de este punto el proceso se dinamiza y el lenguaje moderno, organicista inicialmente, encuentra su difusión entre arquitectos y la aceptación entre clientes. Se entra al juego; a un juego enriquecedor en el que casi siempre se gana y en el que, además, no hay mucho que perder y sí mucho que olvidar. Ante la profusión de encargos, los arquitectos diseñan, experimentan, copian e investigan: ensayan. Y ganan: al final llegará el reconocimiento a la arquitectura española y la implantación definitiva de la arquitectura del Estilo Internacional con todo lo que esto supone. Esto sucede, contradictoriamente, al tiempo que fuera de España se sometía ya a revisión.

Menos es más. Contención para que sea el espacio quien triunfe:luz y sombra, noche y día, espacio abierto y espacio cerrado... Estos planteamientos adquieren especial validez en aquellos locales con componente vertical, dobles alturas, etc.: planos suspendidos en el espacio y escaleras mínimas que los unen. No hace falta más: ligereza frente a pesadez. Lo vemos en el Banco Popular , y lo vemos, como operación casi intelectual en una tienda de Luis E. Miguel en Madrid, donde el volumen puro -el continente- se vacía y se ocupa por una estructura prefabricada cortada por forjados y escaleras, nada más.


Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen, las primeras a la tienda “La Casa del Niño” diseñada por Alejandro de la Sota en 1952 y las tres siguientes a la Sala de Exposiciones que para la Biblioteca Nacional diseñó José Luis Fernández del Amo en 1953.

Os recordamos que este texto es un extracto de “Ensayar la Arquitectura : Locales comerciales 1949 – 1961” de Iñaki Bergera Serrano (Universidad de Navarra), escrito con motivo del homenaje que se hizo a Javier Carvajal hace un tiempo en dicha Universidad.

Por otra parte queremos también hacer un llamamiento por si alguno de nuestros lectores tiene o sabe donde podemos conseguir mas imágenes de algunos de estos fantásticos proyectos que se citan en el texto y que podamos utilizar para acompañar la siguiente y ultima entrada de la serie

2 comentarios:

  1. Gracias por poner las fotos de las salas de José Luis F del Amo para el MEAC original, en la Biblioteca Nacional. Se reconocen obras que hoy están en el reina Sofía...

    Es lo único que conozco de aquel proyecto fabuloso, creo que son las mismas fotos que salen en el libro Arquitecturas Perdidas de Madrid. Hay poquísima información al respecto (también es cierto que no he investigado todo lo que podría), pero me parece uno de esos interiores que debería haber permanecido. Es una lástima que haya tan poco respeto por los interiores: si ya es difícil conservar las grandes obras de arquitectura moderna, los interiores es imposible.

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  2. Squirrel, gracias a ti como siempre por seguirnos y comentar.

    Como bien dices es un proyecto estupendo y a nosotros nos ha ocurrido lo mismo, como en casi todos los proyectos que se mencionan en esta serie de entradas, es dificilisimo encontrar algo sobre ellos, parece mentira que siendo tan reconocidos apenas quede informacion o esta no haya visto la luz,apenas unas fotografias y algunos comentarios, no hay reportajes, descripciones detalladas, nada.
    Lo de la falta de respeto y de memoria con los interiores ya lo hemos dicho otras veces, aqui se arrasa con todo, pero como tu dices, si no se respeta la arquitectura como se van a respetar los interiores...

    Gracias al libro de Arquitecturas perdidas de madrid tenemos algo mas de documentación grafica.

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