El Paraiso de las Damas III




Concluimos estas entradas que estamos dedicando al libro El Paraíso de las Damas mostrando los nuevos enfoques que se dan al resto de aspectos dentro de la ventas y el gran almacén: aplicación de nuevas tecnologías, publicidad, relaciones del personal, robos, etc.

Fue de gran importancia implantar las ultimas novedades tecnológicas para estar a la ultima, como la instalación de ascensores y luz eléctrica. Recordemos la arquitectura de este tipo de locales, eran muy grandes pero no muy altos, pues al no existir las escaleras mecánicas levantar mas de 3 alturas comerciales no era acertado, (las plantas superiores se dejaban para oficinas y usos de empleados, comedores, etc.) por otro lado la electricidad estaba en sus inicios, es más al principio existía luz de gas, y había que tener mucho cuidado con los incendios.



La luz era un elemento importante, pero venia del exterior por lo que eran necesarios grandes escaparates y lucernarios pora que entrara, pero también lo hacían el sol y el calor, que en verano era muy agobiante. Hay dos inventos que revolucionan el comercio y sobre todo el gran almacén, pero no se generalizan hasta los años 20 como son las escaleras mecánicas y posteriormente el aire acondicionado. Estos inventos cambian la arquitectura de los grandes almacenes.



Mouret tenía como única pasión la de imponerse a la mujer. Quería que fuera la reina de su casa, le había construido aquel templo para tenerla a su merced en él. En eso consistía su táctica, en embriagarla con galantes atenciones para poder traficar con sus deseos y explotar sus febriles impulsos.

Cavilaba, pues, noche y día para dar con nuevos hallazgos.

Había instalado, hacía tiempo, dos ascensores tapizados de terciopelo acolchado para evitar a las damas delicadas el cansancio de subir de piso en piso. Acababa de abrir ahora un ambigú en donde se servían gratuitamente refrescos y bizcochos, y un salón de lectura, una monumental galería decorada con abrumadora suntuosidad, en la que se atrevía incluso a organizar exposiciones de pintura. Pero su idea más alambicada apuntaba a las mujeres que no fueran presumidas, y consistía en conquistar a la madre por mediación del hijo. No desperdiciaba fuerza alguna, no había sentimiento con el que no especulase; creaba departamentos para muchachitos y chiquillas y conseguía que las madres se detuvieran brindando a los pequeños estampas y globos.



Como se enfoca el tema de la publicidad, las rebajas y las devoluciones

El poder máximo era la publicidad. Mouret gastaba en ella trescientos mil francos, que se invertían en catálogos, anuncios y carteles. Para la venta de novedades de verano, había enviado doscientos mil catálogos, de los cuales cincuenta mil habían viajado al extranjero, traducidos a todas las lenguas. Ahora, los ilustraba con grabados e, incluso, adjuntaba, a título de muestra, retales pegados a las hojas. Era como una desbordante y crecida exhibición. El Paraíso de las Damas se mostraba a los ojos del mundo entero, invadía las paredes, los periódicos y hasta los telones de los teatros. Mouret profesaba la teoría de que la mujer pierde las fuerzas ante la propaganda y acaba, fatalmente, por acudir a los lugares que dan que hablar. Le tendía, por otra parte, las más elaboradas trampas, tras haberla analizado con talento de avezado moralista.



Había descubierto, por ejemplo, que no es capaz de resistir a una ganga y compra sin necesidad cuando piensa que está realizando un negocio ventajoso. Basaba en aquellas observaciones su sistema de rebajas. Iba bajando progresivamente el precio de los artículos que no se vendían, pues, fiel al principio de la renovación rápida de la mercancía, prefería, antes que quedarse con ellos, venderlos con pérdida. Ahondando aún más en el corazón de la mujer, acababa de implantar las devoluciones, una obra maestra de seducción jesuítica. «Llévese el artículo sin temor, señora; ya nos lo devolverá si no le agrada.,» La mujer propensa a oponer resistencia hallaba en aquel argumento una postrera excusa, la posibilidad de arrepentirse de una locura: y compraba con la conciencia tranquila. Ahora, las devoluciones y las rebajas formaban parte del funcionamiento habitual del comercio moderno.



O como distribuir los departamentos y los recorridos de los clientes.

Sólo a él se le había ocurrido que había que aposentar en la segunda planta los departamentos de alfombras y muebles, a los que acudían menos clientes y cuya presencia en la planta baja habría creado espacios desiertos y fríos. Si tal cosa hubiera estado en su mano, habría hecho que la calle cruzase por su establecimiento.

¿No se da cuenta de que estaba permitiendo que la gente se orientase? Entra una mujer, va en derechura a donde quiere ir, pasa de la enagua al vestido, del vestido al abrigo y luego se marcha, sin haberse extraviado ni un poquito... ¡Ni una habría visto los almacenes enteros!

… si quieren un forro después de haber comprado el vestido, tendrán que cruzar de punta a punta los almacenes, esos desplazamientos harán que el local les parezca tres veces mayor; además, no les quedará más remedio que pasar por departamentos a los que, de otro modo, no habrían ido; las tentaciones irán surgiendo, según pasan, y sucumbirán a ellas; ...



Podemos leer como, desde siempre, uno de los problemas que mas preocupan a cualquier comerciante son los robos.

Os deben de robar una barbaridad -susurró Vallagnosc, a quien le parecía ver entre el gentío muchas caras de delincuentes. Mouret abrió los brazos de par en par.
Amigo mío, mucho más de lo que puedas imaginarte.

Citaba, en primer lugar, a las mecheras profesionales, que eran las menos dañinas, porque la policía sabía quiénes eran casi todas. Venían, luego, las maniáticas, que padecían una perversión del deseo, un nuevo tipo de neurosis que había descrito un alienista, comprobando que se trataba de la consecuencia aguda de las tentaciones de los grandes almacenes. Y estaban, por fin, las mujeres encintas, que se especializaban en determinados robos; en casa de una de ellas, por ejemplo, el comisario de policía había encontrado doscientos cuarenta y ocho pares de guantes rosa, robados en todos los establecimientos de París.



Y como deshacerse del genero que no se ha vendido

Volvió a llamar a la señora Aurélie. Se enfadó por el remanente de tapados, dijo que habría que rebajarlos y seguir rebajándolos hasta dar salida a todos. Era la norma de la casa: había que liquidarlo todo cada año; valía más vender con un sesenta por ciento de pérdidas que quedarse con un modelo antiguo o una tela ajada.



Se habla también del por qué del mal trato del personal a cierta clientela (por el que muchas veces nos hemos preguntado)

Ante los mostradores, había enfrentamientos sangrantes; las mujeres se devoraban entre sí en cruentas luchas por el dinero y la belleza. Las dependientes sentían una hosca envidia hacia las clientes bien vestidas, aquellas señoras cuyo aspecto y comportamiento se esforzaban en remedar; y más agria aún era la envidia de las clientes modestas, de las pequeñas burguesas, ante las dependientes, aquellas muchachas vestidas de seda, de las que, sólo por una compra de cincuenta céntimos, pretendían obtener una humildad de sirvientas.



O de como va incrementando la venta a distancia o por catalogo, (lo que que hoy podría compararse a la venta por Internet).

En la segunda planta, visitaba el servicio de expedición, buscaba motivos de enfado, se exasperaba sordamente contra la ordenada perfección de la máquina que él mismo había regulado. Aquel servicio era el que experimentaba, de día en día, mayor crecimiento: requería ahora doscientos empleados, de los cuales, unos abrían las cartas que llegaban de provincias y del extranjero, las leían y las clasificaban, mientras otros colocaban en las casillas las mercancías que solicitaban los firmantes de dichas cartas. Y llegaban tantas que ya no las contaban, sino que las pesaban; se recibían a diario más de cien libras.

Afluían los pedidos desde toda Europa; Correos había tenido que habilitar unos carruajes especiales para traer la correspondencia.



O como se zancadillean entre el personal para ascender de puestos y así ganar mas dinero.

Por fin, un día, acabó por descargar la tormenta sobre la cabeza del mismísimo Hutin. Favier, que ahora era segundo encargado, le iba minando a éste el terreno para hacerle perder el puesto. Era la táctica habitual: insidiosos informes enviados a la dirección, ocasiones cogidas al vuelo para dejar mal al encargado del departamento.



Lo mal visto que estaba el embarazo entre las empleadas.

La dirección no toleraba accidentes de esa categoría; la maternidad quedaba suprimida por indecente y engorrosa. Se toleraba, si no quedaba más remedio, el matrimonio, pero los hijos estaban prohibidos.

Se realizaban también acciones de inauguración de temporada, con un decorado en todos el almacén a base de blancos que nos recordaba el que hizo Selfriedges en amarillo a raíz de su centenario y que ya comentamos en una entrada anterior.



Y como final, el resumen o conclusión que hace el propio protagonista

Y era él quien las había poseído así, quien las tenía a su merced con aquel continuo agolpamiento de mercancías, aquellas rebajas y aquellas devoluciones, con su galantería y su propaganda. Había conquistado incluso a las madres, reinaba sobre todas las mujeres con la brutalidad de un déspota, cuyo capricho llevaba la ruina a los hogares. Aquella creación suya instauraba una religión nueva; la fe tambaleante iba dejando desiertas, poco a poco, las iglesias, y su bazar las sustituía en las almas, ahora desocupadas. La mujer acudía a su establecimiento a pasar las horas ociosas, las horas estremecidas e inquietas que antes vivía en lo hondo de las capillas: necesario desgaste de pasión nerviosa; renacida lucha de un dios que oponer al marido; incesante renovación del culto al cuerpo con un más allá divino de belleza.



Fotografias de los grandes almacenes La Samaritaine, En 2001 fue adquirido por el grupo LVMH que poco antes también se había hecho con Le Bon Marché. El 15 de junio de 2005 el gran almacén fue cerrado. La razón oficial fue la necesidad de adecuar el edificio a la normativo vigente en materia de seguridad. En junio de 2008, casi tres años después del cierre, LVMH hizo publico un proyecto que pretendía la remodelación del edificio creando un hotel, comercios, oficinas y locales sociales. El proyecto choca sin embargo tanto con los propietarios históricos del gran almacén que aun conservan el 40,6 % del capital de la empresa como con el Ayuntamiento de París que ve con malos ojos la posible transformación de un edificio catalogado como Monumento Histórico.

4 comentarios:

  1. Me encanta lo de los robos... y me encanta todo el libro.

    Como es de bonito el edificio de Samaritaine, a pesar de algunos detalles cursilones. Es de las pocas obras de transicion art nouveau-art deco que conozco. En mi epoca de estudiante en Paris (hace un cuarto de siglo) eran unos almacenes bastante de medio pelo, pero recuerdo quedarme maravillado ante el espacio central. Y ni Printemps, ni Lafayette ni Au Bon Mrche pueden presumir de la ubicacion de Samaritaine.

    Seria perfecto para una intervencion a lo Selfridges...

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  2. Ardilla, si, ya habiamos quedado en lo estupendo del libro.

    Lastima que aqui no habia grandes almacenes con esos edificios, y algunas tiendas grandes (la mayoria tambien almacenes de paños y telas) estupendas que habia en alguinas zonas (calle Atocha por ejemplo) no se rehabiliten y aprovechen. En Barcelona y Valencia que tenian un gran tejido indistrial si parece que se han aprovechado o se intenta aprovechar mejor aquellos magnificos locales donde estuvieron los talleres y fabricas (tambien muchos de ellos de telas y paños).

    Todo el tema de las intervenciones radica en su altisimo coste y los comercios hoy en dia, y mas tal y como estan las cosas, se gastan lo justo y menos, ademas todo es muy efimero. Ya casi ni las grandes marcas se gastan mucho.

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  3. Estupendas fotos de este preciosos edificio. Espero que finalmente, se le dé un uso acorde con su pasado.
    Saludos,

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  4. mcarmen, sin duda se merece una segunda oportunidad.Una ciudad no puede, o no deberia, echar a perder un edificio como ese.

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