Poetica de los escaparates


La pelicula “ Tienes un e-mail” reflejaba como una pequeña librería especializada en libros para niños sucumbía en las garras de un "gran cadena de librerias". Hace unos días al leer el blog “Caminando por Madrid” uno de sus post hacia mención al artículo que Antonio Muñoz Molina había escrito en el diario El País, éste nos hizo recordar aquella película quizá un poco cursi pero al mismo tiempo entrañable y hemos entresacados los párrafos que nos han parecido mas interesantes del articulo, a traves de los cuales podemos aprender que es lo que demandan ver algunos clientes en un escaparate.


Un rasgo decisivo distingue a la librería independiente de la sucursal de una cadena: la variedad tentadora y cuidadosa de sus escaparates. Cuando estoy en Madrid casi cada día paso delante de una de esas sucursales y me basta un vistazo para confirmar la diferencia. No hay amor a los libros, no hay una inteligencia detrás de su disposición: tan sólo un amontonamiento desganado de los dos o tres éxitos masivos de la temporada, apilados como mercancías al por mayor, si acaso en compañía de algún cartel promocional. Nadie va a descubrir nada ni a llevarse ninguna sorpresa mirando ese escaparate: parece que se aspira a ofrecer un producto de venta tan garantizada como la hamburguesa de un McDonald's.

Claro que un libro, entre otras cosas, también es una mercancía, y que un librero es un comerciante honorable que aspira, como todo el mundo, a ganarse la vida con su trabajo, y a que éste sea, a ser posible, como quería Juan Ramón Jiménez, un trabajo gustoso. Pero en esos escaparates se ve que no ha existido ni trabajo gustoso ni amor por los libros, ni siquiera la sensibilidad plástica que hace tan atractivas las caminatas por la ciudad. A uno, por afición y por oficio, le gustan los escaparates de las librerías, pero también los de casi cualquier negocio en el que las cosas tengan algo de ofrecimiento y de tentación, de muestra de la variedad y la abundancia del mundo. Las cosas son gozosamente tangibles, pero hay un cristal que nos separa de ellas; o no hay cristal pero la timidez o el decoro nos mantienen a una cierta distancia, a no ser que estemos en uno de esos negocios generosos en los que se nos permite examinar de cerca y tocar con las manos lo que no vamos a llevarnos: un puesto callejero de libros, una frutería.

El cristal del escaparate puede ser una ventana a otros tiempos, a otros mundos.

El escaparate es un paisaje tan utópico como los de aquellas jugueterías lujosas en las que mirábamos los trenes eléctricos atravesando túneles en montañas nevadas de cartón, llegando a estaciones en miniatura que tenían la sugestión duplicada de lo inaccesible: lugares a los que nunca íbamos a ir, trenes que los Reyes Magos, con su obstinada mezquindad, nunca iban a traernos.

La poesía delicada de los escaparates se sostiene sobre un fundamento de economía progresista: en Inglaterra, en los tiempos de capitalismo de pillaje inaugurados por Margaret Thatcher, se suprimió el acuerdo nacional sobre el precio del libro y en poco tiempo las librerías independientes habían sido aniquiladas por la insolente agresividad comercial de las grandes cadenas. Hace diez años, mi barrio de Nueva York todavía estaba punteado de hermosas librerías, algunas de novedades, otras de segunda mano, y siempre era un gusto ir caminando por Broadway una mañana de sol y detenerse a ver escaparates. Ahora, entre la Calle Sesenta y Seis Oeste y la Universidad de Columbia hay tres enormes Barnes & Noble, con sus escaparates idénticos de novedades apiladas. Es verdad que en Barnes & Noble uno puede tomarse tranquilamente un café y encontrar mucha literatura y mucha poesía, más allá de los expositores privilegiados de best sellers, pero el deleite de mirar en un escaparate un despliegue de cosas sorprendentes o peregrinas, retrato de las preferencias individuales de un librero que es también un lector, ha desaparecido.


Compro por Internet libros que de otro modo no encontraría y curioseo con gusto páginas a veces remotas que me dan pistas para descubrirlos, y supongo que con el tiempo alguna forma de lectura electrónica se volverá mucho más común. Pero el encuentro con la literatura, su mezcla de azar y de búsqueda, su lenta paciencia, sus caminos sinuosos, se empobrecerán irreparablemente si desaparecen los libreros con vocación y las librerías, que ahora están más en peligro que los libros en sí. Para reconocerme de verdad como lector necesito el espejo ambiguo de sus escaparates.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA El Pais 25/04/2009

5 comentarios:

  1. Muy bonito el artículo de Muñoz Molina. A mí me gustan mucho las librerías, les dediqué un post )iba a decir hace poco y me doy cuenta de que fue hace casi un año). Aquí tienes el enlace: http://cheguevarandebussy.blogspot.com/2008/06/en-algn-lugar-de-este-blog-he-dejado.html

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  2. Bueno Breck, nos has dejado de nuevo anonadados, hemos leido tu post sobre librerias que nos ha encantado, para que luego digas que no sabes sobre que escribir ... ah, y muertos de envidia tambien, ya nos gustaria conocer algunas de ellas.

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  3. Gracias, gracias, me hacéis sonrojar. Fijaos bien en el escaparate de la librería Posada, en Bruselas, es sencillamente fabuloso. Y la de Alvar Aalto en Helsinki, de nombre imposible, es para morirse.

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  4. Investigando un poco más sobre la libreria de Alvar Alto en Helsinki, que como dices es para morise alli dentro, he encontrado esta pagina que habla de librerias por el mundo y he supuesto que quizá te puede interesar.

    http://www.miragebookmark.ch/most-interesting-bookstores.htm

    Saludos

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  5. Bueno, me encanta!!! Mil gracias, ya tengo diversión para el fin de semana.

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