Coltelleria G. Lorenzi



“Sí, quiero transmitiros la tentación de nadar contracorriente, quiero transmitir a los mas jóvenes el sabor del trabajo de una nueva tienda o taller y luego la pasión por hacerlos crecer, no solo por ganar dinero, sino por enraizar una idea, la idea de la vitalidad de las cosas bien hechas y bien vendidas,

si un hombre pierde su taller, su tienda su negocio, pierde también su camino”

Con esta cita del libro “That shop in Vía Montenapoleone”, de Aldo Lorenzi, da comienzo el prologo de otro libro, “El desafío Starbucks”, de Howard Schultz, presidente y CEO de la cadena de cafeterías, al que dedicaremos varias entradas próximamente.


Hoy os hablamos precisamente del capitulo en que se hace referencia a esa tienda italiana y que comienza así:

La primera vez que pasé la estrecha y sencilla puerta de Vía Montenapoleone, la calle mas de moda y cara de todo Milán me sentí de pronto desbordado por la emoción. La sencilla Coltellerria G. Lorenzi era una sinfonía silenciosa, una ejecución no verbal y simple, una emoción visual.


Unos mostradores suavemente iluminados atraían la mirada hacia una alucinante colección de navajas hechas a mano, navajas de afeitar y cubiertos. Había tijeras de todas variedades (sólo para manicura, ochenta y cinco) muchas hechas de acero, otras diseñadas especialmente para recortar barbas espesas, otras para cortar uñas delicadas. Miles de objetos se mostraban bajo cristal como en un museo. Se podía palpar la pasión, la mano experta que se había empleado a fondo en aquel espacio. Que dedicación.


“¿De quien es esto?”, le pregunte a mi amigo Placido Arango, que era quien me había llevado allí. Placido es un gran hombre de negocios y una de las personas mas autenticas que conozco; su empresa, Grupo Vips, opera los establecimientos de Starbucks en España, y ambos compartimos el mismo respeto por los artesanos de todo tipo.

“Del Señor Aldo Lorenzi”, me dijo. “Su padre abrió esta tienda hace muchos años”


Cada vez que pasaba por Milán iba a visitar la tienda, pero nunca llegue a ver al señor Lorenzi. En 2009 Placido pidió a un amigo suyo italiano, Angelo Morattti, que me presentara a Aldo.

“No habla ingles”
“¿Crees que habrá oído hablar de Starbucks?”
“No”
“¿Podré sentarme a hablar con él?”.
“No lo creo”.
“Pero tengo que conocerlo”.
“Howard, no creo que quiera”. Pero Ángelo accedió a llamarlo. El señor Lorenzi parecía reticente pero al final acepto con amabilidad.
“Te recibirá unos minutos mañana”.


Eran alrededor de las diez de la mañana cuando Placido, Ángelo y yo llegamos al número nueve de la Vía Montenapoleone. Un caballero alto y elegante, impecablemente vestido con traje y corbata nos invitó a entrar en su despacho. Nos sentamos. Ángelo le tradujo mi agradecimiento por concederme unos minutos de su tiempo.


La visita prevista de veinte minutos se extendió durante toda la tarde. Los tres estuvimos escuchando, embelesados, como Aldo Lorenzi nos hablaba con humildad y respeto de su familia y el negocio que su padre había fundado en 1929, y lo que significaba para él ser comerciante. Yo tomaba notas en un cuadernito.

En un momento dado me hizo una pregunta:

“¿Cuántas tiendas tiene usted?”.
“ Me da un poco de vergüenza decírselo”.
“¿Cuántas?”, insistió.
“Dieciséis mil”.

Vi como cambiaba su expresión a incredulidad al oír la traducción. “¿Ha dicho dieciséis mil cafeterías?”, repitió moviendo la cabeza. “Yo no podría tener ni dos”.


Al final de la visita el señor Lorenzi me entregó un libro encuadernado en papel gris traducido al ingles. El titulo rezaba: That shop in Via Montenapoleone”, por Aldo Lorenzi. Su gruesa cubierta y sus hojas color crema parecían hechas a mano como la cuchilleria colocada bajo los cristales: En el vuelo de vuelta a estados Unidos lo abrí y empecé a leer.

“Adoro nuestra tienda...”, era la primera frase, escrita con la convicción de un hombre que conocía de verdad su negocio. Me enganchó.


En los mese sucesivos tuve siempre cerca el libro. Era uno de los pocos objetos que tenia un sitio en mi escritorio y que me acompañaba en los viajes de negocios. Lo compartí con amigos y partners, pero sobre todo me produjo un enorme placer leer las palabras del señor Lorenzi en la intimidad: “Quiero escribir paginas que contengan su propia poesía sobre las cosas que hago, pero al mismo tiempo quiero que sean como las paginas de un manual, con instrucciones practicas, exactas y útiles sobre nuestro trabajo. Es un trabajo que se ha transformado con el paso del tiempo y al mismo tiempo ha seguido siendo el mismo”.


A pesar de nuestras diferencias culturales, de empresa y de edad aquel italiano de 73 años, propietario de una solitaria cuchillería, hablaba mi mismo lenguaje. Tenia mucho que compartir, y yo mucho que aprender.

También cuando nosotros leímos este capitulo del libro y todo lo que en él se dice sobre ese antiguo negocio sentimos la misma fascinación y curiosidad por conocerlo. Nos parecía que podía ser un vivo ejemplo de cómo debería ser un antiguo negocio tradicional adaptado a los tiempos, pero la decepción vino cuando vimos las escasas imágenes que encontramos del establecimiento: carecía del encanto y la personalidad que habíamos imaginado; tanto en nuestro país como en muchos otros de Europa hay establecimientos tradicionales e históricos con una entidad parecida, e incluso con una estética, creemos, mucho mas lograda (hemos mostrado en este blog algunos de ellos y lo seguiremos haciendo) pero lo que si nos parece muy importante y acertada es, de nuevo, otra frase de su dueño de la que deberían tomar nota todos aquellos que se dedican al comercio y poseen una tienda llamemosla "tradicional":


“Nos sentimos orgullosos de tener una tienda tradicional, que ha permanecido fiel a si misma a lo largo de años, pero no se debe olvidar que también se crea la necesidad de mantenerla “fresca”. Cuanto mas envejece el mobiliario, el suelo la decoración, mayor es la necesidad de un meticuloso y periódico mantenimiento, lo antiguo es hermoso, pero no si está abandonado”.


Si todo el libro escrito por el señor Lorenzi es así no nos cabe duda de que puede haber conseguido su propósito: no solo parece contener esa poesía sobre lo que él hace de la que habla, sino que además, si que puede ser un autentico manual, no solo para su trabajo sino para el comercio en general. Y nos gustaría leerlo. Quizá todos los que nos dedicamos de una u otra forma al comercio deberíamos hacerlo.

Las imágenes que acompañan esta entrada pertenecen las primeras a la citada Coltelleria G. Lorenzi, y las demás a Casa de Diego, un castizo establecimiento en plena Puerta del Sol Madrileña dedicado a la venta de paraguas, mantillas, peinetas, sombrillas, abanicos y bastones, todo de fabricación artesanal, que data de 1933; bombardeado durante la guerra fue reconstruido en 1941 manteniendo su inconfundible estilo Art Decó y cuyo cuidado y mantenimiento no ha decaído desde entonces.

Algunas de las esplendidas imágenes de Casa de Diego las hemos tomado del magnifico blog Madrid Art Decó.

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